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Allá afuera lo que llaman ciencia tiene gripe, está mormada y habla gangoso. Allá afuera la religión es un fango repleta de ranas que croan al unísono. Allá afuera la gente habla pero no se oye nada porque sólo se ve que mueven sus bocas sin decir nada de nada. Allá afuera eso del amor sólo son secreciones que se escurren de los agujeros de la gente. Allá afuera está el espacio absoluto. Allá afuera la pasión sólo es no matarse. Allá afuera sólo son cientos de miles de millones de desconocidos, de extraños merodeando asesinar la noche. Y lo peor… es que lo logran. Se hunden en ella con toda su febril demencia.
Durante el reinado del emperador Wu de la dinastía Tang que correspondían a la orden del séptimo circulo de egresados del templo del sol de fuego, ocurrió un suceso sin nombre. El fiel general, Chao Ming, impertérrito en el combate, diestro, y cuya templanza nunca se había visto doblegada, cometió un acto infame del que haré el breve relato. La cortesana Sao que era preferida del trono, ostentaba su bella figura, la mirada del lince, el porte cuya serenidad perturbaba. Una noche sin nada previsto, sin plan ni conducto, el general la esperó en un pasillo que daba a su cuarto. Se metió a la pieza tras ella sin emitir siquiera un suspiro. Rompió su vestido de seda azul, la apoyo contra la pared le abrió las nalgas hasta hendirle su espada ardiente. Opuso resistencia, sin decir palabras, a la fuerza tomada por el cabello, de su vulva brotaba una fuente liquida que emanaba esencia de flores salvajes. El embiste fue total, a ella se le salían las lágrimas, a no saber si de coraje o de placer. Nadie sabe, que ella en el fondo de su ser, para siempre escondió el haber deseado y gozado la escena. Aún así fue mancillado su cuerpo. Confusa, de haber gozado al mismo tiempo de odiado, se arrojo a la caldera de las injurias. El emperador fue implacable. Ming fue decapitado de una sola tajada. Se dice que su cuerpo aún busca su cabeza perdida en cada vida que resurge, ese cuerpo pierde la cabeza, el cuerpo desorientado aún busca su cabeza. Sao vivió unos cuantos años más, los rumores corrieron, de que ella provocó el incidente, de que ella lo había deseado, de que ella incluso lo saboreó. Murió sola, aterida al frío, en una choza pobre, a orillas de la aldea. Se dice que Sao, en cada vida, lo vuelve buscar, lo vuelve a tentar, lo vuelve a gozar, lo vuelve a acusar, y lo vuelven a decapitar. Vuelve a perder la cabeza.
El siguiente relato me fue dado a discreción y si bien nunca pensé echar mano de éste, hace poco al recordarlo decidí tomarlo sin permiso como todo lo que… en fin. El Sr T, digamos, hombre respetable, académico dedicado al cogito cartesiano, que llegué a ver en una ocasión, tenía una curiosa anécdota que le había cambiado la vida. Una tarde soleada de la ciudad acalorada, siendo joven, el señor T en su auto, desquiciado por el tráfico, en una esquina apenas a dos cuadras de donde vivo, según se me contó, pitó y pitó en un semáforo en verde. El auto delante no se movía. Le tocó el pito hasta lo impropio del cogito ergo sum. Uno nunca sabe con quién trata. El conductor se bajó lentamente, con gafas oscuras se acerco balanceándose, lo tomo del cuello por la ventana abierta, y le sorrajó descomunal golpe. Resultó ser un agente de la judicial y nada qué hacer, ¡qué país! Trámites interminables para ni siquiera dar con el sujeto, para que nunca pasara nada… Y mejor, no esperar una vendetta. La historia no acaba ahí. El señor T tuvo que operarse la nariz que quedó chueca y estropeada. Al acabar los meses de recuperación, se quitó las vendas, al mirarse en el espejo el señor T desapareció. No se vio ahí, en ese rostro cambiado. El señor T ya no se veía en el espejo, no se volvió a reconocer. El señor T había desaparecido, con toda su razón... y todo.
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