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En el siglo iv de nuestra era, un peregrino a las afueras de A. que se conduce hacia R. para conocer los prodigios de la fe cristiana se detiene de pronto. Encuentra un árbol caído, abatido por un rayo de la tormenta acaecida la noche anterior. Lleva 28 noches durmiendo a la intemperie, comiendo rastrojos y caridad. Sabe que apenas comienza su travesía para ir a saber de lo que sólo ha oído de habladas sobre el hechizo divino que causa la imagen del nuevo dios... El árbol aún arde en brazas. Soñoliento, quita una rama gruesa y se la lleva. Dibuja sobre la tierra mientras descansa a la sombra de la vegetación con la rama. Se sacude el polvo y prosigue. Saca su cuchillo, empieza a tallar en la rama. Así pasan los días entre caminar descansar comer beber y tallar. Se encuentra a las puertas de R. Entra en silencio a los templos. Un día deja una pequeña ofrenda que consiste en una pequeña muñeca articulada del tamaño de una berenjena. Entre las sirios yace ahí perdida quizá para siempre.
A la noche siguiente el viento sopla silbando de manera aterradora. La muñeca cae empujando un sirio que cae a su vez. El templo arde en llamas. Casi todo se pierde. A los días siguientes, cuando han logrado amainar el fuego, los niños corretean entre los escombros. Una pequeña niña encuentra la muñeca llena de hollín. La levanta y sonríe.
La muñeca puede adoptar la posición que se quiera. A veces la niña la deja sentada en la ventana, en esa vida de campo. Otras está en una repisa de la cocina esperando. La muñeca pasa días tirada en la paja del granero hasta que la vuelven a encontrar. La muñeca posee una mirada divina, se diría, al verla.
Mientras la niña crece, la muñeca pasa años en la oscuridad de una caja de madera en el ático mugroso. Un día la muchacha la halla mientras limpian. La vuelve a sacar. La lleva junto a su cama. Otro día la pinta de rojo con un pigmento que ha comprado en la aldea. La muñeca está sobre la cabecera mirando lo que pasa ahí sin decir nada. La muñeca brilla en la lúgubre noche de sonidos extraños.
La muchacha, una noche calurosa, se frota entre las piernas, la muñeca la ve en la penumbra, abre bien los ojos. Una mano la alcanza, la muchacha se mete la muñeca en la vulva precipitada. Es suave y dulce, la muñeca es muy lisa y nudosa. Se le entrecorta un gemido, suspira. La muñeca vuelve a salir de ese clavado a la caverna carnosa de la muchacha.
Pasan los años, de vez en cuando la muñeca juega con la mujer. Ésta se casa, tiene hijos, la muñeca de vez en cuando entra entre las piernas de la mujer. Los hijos crecen, ella teje frente a la ventana. Envejece. Un día da un paseo a pie por la zona montañosa de la región. No muy lejos. De una bolsa de lana saca la muñeca. La arroja al vacío. La había vestido para la ocasión.
Pasan la cabras. Es una región de pastores de cabras. Pasan sobre ella con sus patas que se encuentra entre la hierba. No le pasa nada, su madera es lisa y nudosa. Cerca de tres siglos pasan así, entre la hosca atmósfera y el ruidoso golpeteo del aire contra las rocas y los riscos.
Un día de invierno yermo, jinetes recorren la zona. Hay persecuciones por ahí. Un hombre cae de un caballo. Pasa la noche aterido de frío en el piso herido. A la mañana se toca la cabeza con una costra de sangre. Mareado, deslumbrado por la luz matutina mira al piso, la muñeca lo ve a los ojos.
En la extrañeza delirante de una casa grande, la muñeca reposa en un librero, dentro de un estudio con una chimenea. Le han cambiado las ropas. Erguida se recarga sobre los libros. Su expresión es solaz.
Un hombre, que constituye el pilar de ese hogar, todas las mañanas entra ahí. Como un ritual no aprendido, saluda a la muñeca y la cambia de posición. Por las noches la muñeca se quita la ropa, adopta posiciones extrañas de animales, abre sus piernas y palpita como una flor.
Por la mañana la muñeca está intacta. Sólo en sueños la muñeca devanea con el falo del hombre ahí bajo el manto, se mete entre las sábanas de lino, provoca que el miembro se hinche, pulse, se derrame.
De noche, aparecen en paisajes lejanos, sin principio ni fin. Siempre son distintas las apariencias de la muñeca sin dejar de ser la misma. Se desnuda, lo monta, él ve sus labios entreabiertos, el ojo de su culo meneándose, las nalgas que se retuercen, su cuerpo contorsionado por el placer. La muñequita de noche danza entre los libreros, una danza erótica, orgiástica. Abre los libros y abre las piernas. Diminuta moja las hojas, aúlla, camina en cuatro patas, lame sus partes, adopta el anima de todo animal habido y por haber. Su instinto la hace flotar como pájaro, resbalarse como un pez que se zangolotea. Al día siguiente todo es confusión y alegría serena. La muñequita está intacta, como si nada hubiera pasado.
Pasan los años, el hombre muere. Sus herederos ponen todo a la venta. En una caja deambula por los mercadillos, sucia y harapienta. Una joven un día la toma entre sus dedos. Paga por ella un precio irrisorio. La joven sin saber nada siente una rara excitación al agarrarla. Pareciera que estuviera viva en el resplandor de la tarde. No, no puede ser, es sólo una ilusión, acaso una locura. Ella es costurera, la vestirá de gala para sus mejores noches. Lúbrica y sensual, la muñeca vuelve a cobrar su voluntariosa fiebre de todos los tiempos. Vuelve el fragor de toda esa madera viva en llamas, fulminante.
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