La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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Hubo un tiempo en que me rehusé al concepto de inactividad. Y ese concepto penetró en mi espíritu como un gusano que se come la hoja, una gota diezmando poco a poco sin poder oponer resistencia al cansancio que me proponía, cansancio exterior, inmenso, que me derruía. Aplastante desde un grano de arena hasta el desierto total. Día a día, el sol y las nubes desintegrándose y convirtiéndose en animadas versiones de la realidad me consumían y formaban. Me iba lejos. Me vi lejos, solo, infinitamente finito.

Tengo amigos ¿? que aprecio (dijo, amigos míos, no hay amigos, hay amistad), que ven muy mal que la humanidad se extinga, se acabe un día. Gritan y manotean para que todos veamos que se extinguirá, amigos míos no hay tal humanidad. El derroche de energía producido por los seres humanos no se ve mal, una especie que se ha negado a su paraíso, a su desfogue espiritual y carnal merece eso, eso, caer y perecer entre su control-descontrol, su agitada máscara promontorio. Arrullando a la muerte de los soldados caídos. Entre sus locuras y razones. Sus temores y sus obsesiones. Llegué al fondo de la caída para no moverme de ahí. Sólido fango que me engulle. Inclusive lamentan que se acabe el accidente de la vida, nuestra insignificante maravilla. Si me coloco un poco místico veo que es un planeta cuya manifestación energética no dista de la de ningún otro, indistinto entre los que bullen, emanan. Absorbe y rebosa, para mí el milagro no es tal, no habría una codicia avaricia si hubiese milagro, o no habría programa si hubiese milagro. Un instantáneo frenesí intuitivo nos llevaría a colmar cada momento sin reservas ni ahorros una figuración del desprendimiento, sin apego. Un sistema de valoración existencial me da asco, arriba y abajo, izquierda derecha, un radar que detecte en cada cada. ¿El submarino amarillo estará lejos sin radar o línea de tiro? Hoja seca o roca o loba o prostituta o luna o diamante, sean. Plástico desde dentro de la entraña terrestre o efusión de baile, formas efímeras desaforadas, a la eternidad le da risa y luego se pone a llorar. - ¿Qué hice? - dice. - ¿Baile o me hice, me deformé o vine? Nada. - Cada partícula no es sino una lava primigenia espacial, nuestra dimensión temporal, subjetivada-objetivada, portal cerrado umbral abierto, nos hace creer de una inmensa importancia dentro de lo posible. No somos nada, hasta que y luego nada de vuelta. Un balazo que atraviesa la sien cristalina a la hora exacta, la hora exacta que no es, que no atina a saber. Yo no me preocuparía en vivir, queda tanto por morir, tanto por extrañarse. A cada rato hago las maletas y luego me digo... no, espera, capaz que… capaz que… Una especie enajenada con el horizonte, particular y en conjunto, desesperada. Profunda en la tinta está ahí, habita ahí, entre el templo submarino de inscripciones laberínticas. ¿Por qué? No tengo ni idea. A veces me basta con sentir en lo que leo, irme en una emoción. ¿Para qué dar explicaciones a lo que no tiene una sola explicación, ni retendría una sola explicación? Si me solicitaran un consuelo paliativo como el que ofrecen y otorgan las religiones, le diría que no será el fin de la especie, de la genealogía, del tacto cálido que se transfiere. Quizá sí el fin de la civilización tecnócrata, obsesionado con la producción de “bienes”, jerarquizada unida en un espíritu invisible, porque el espíritu es visible. Y es entonces que me pongo a pintar delirante entre los delirantes. Yo quisiera dar una pinta así... De delirante entre los delirantes. Ahora sí, siento cada enunciado y por lo que leo actual o atrás, o que vaya, no creo que suceda jamás, nunca nada. Habrá que conformarse con este instante ínfimo. ¿No les gusta cantar? No puedo cantar cuando me lo propongo, he cantado cada vez que nadie me lo pide, en el silencio de la reunión de los cantos. Debo de confesarlo, es lo único que hago todo el día, hasta dormido canto. En silencio canto y no hago otra cosa.

La serpiente un día dijo, fluyo como el río, busco en el deseo, no emito sonidos, ¿por qué no seré capaz de cantar en el silencio? Le respondió el silencio.

Una metáfora esfumándose…

   

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