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A mí me pasa que creer en dios es creer en un encadenamiento perfecto. Pienso en el círculo. Causas y efectos precisos ajustados para que todo suceda, una maquinaria funcionando sin salirse del compás. Un reloj con la hora precisa. Moriré como muere una larva sin procedencia, en eterna duda de haber estado aquí, existido, tenido algo semejante a una consciencia, ¿se puede tener consciencia, donde la guardan y mantienen intacta? ni futuro fiable, desapareceré junto con toda esta posibilidad que se regocija en sus mundanidades. Seré decapitado a placer. Hasta pudor me da escribir estas cosas.
Cristo y los mártires son el último intento de la sociedad antigua occidental de realizar sacrificios. Son los últimos "sacrificados", porque murieron para la salvación de la humanidad. Otras civilizaciones realizaban sacrificios porque su cosmogonía era y se sustentaba en ello, era un tributo laudatorio de agradecimiento. Las sociedades mesoamericanas, en efecto no tenían la noción maniquea del europeo, con sus categorías cristianas sobre el bien y el mal. La ofrenda que se realiza al sol tiene que ver con el modo de concebir la vida y la muerte, un ciclo que se acaba e inicia, todo vive para que todo muera y todo muere para que todo viva. Otras civilizaciones o tribus, en otros lugares del mundo hicieron prácticas similares. Ayer escuché unos poemas de Nezahualcóyotl, en los que da una visión clara de lo que era para los pueblos mesoamericanos el corazón, los sentimientos, que era de lo más valioso que podía un ser cultivar sobre la tierra, así lo miraban los prehispánicos. A diferencia de la noción europea sobre el raciocinio, y el privilegio al pensamiento. La traducción de la palabra capital es cabeza. Son los pecados que pesan sobre sus cabezas. Los pueblos mesoamericanos no tenían ninguna atribución de culpa por ofrecer su corazón al sol dador de vida, sino todo lo contrario. El corazón que era desde donde se irrigaba la vida y desde la que fluía el torrente de vida y muerte. Era un privilegio y honor ser sacrificado. También en eso tenían por supuesto, sus estratificaciones, no era igual un sacrificado por ciertos motivos que por otros, desde luego, definía el destino de inframundo al que irías.
Lo del hombre sin cabeza, podría ser a mi modo de analizar la imagen, que fuese una auto inmolación de lo que arriba menciono sobre no dar tanta importancia a la cabeza o un auto castigo por haber cometido un acto infame. Los mesoamericanos tenían sus propias leyes. Incluso, como los japoneses lo realizaron en su momento, el harakiri, por algún motivo de humillación y pago en castigo por algún acto fuera de la moral y costumbre que imperó ahí.
Lo del venado. Me estoy extendiendo demasiado. Les recomendaría, alguna vez, tener una experiencia con los alucinógenos del vasto territorio.
Es muy curioso, desde hace tanto tiempo consideré que no había que salir de casa, viajar, ir a un museo, correr riesgos inútiles en experiencias vanas que existen por trillones en minúsculos lugares cerrados o abiertos, retar al infierno, o simplemente conversar con quien fuere. Nada de eso es necesario al poder estirar mi brazo y con la mano alcanzar un libro del estante. El perro que me mira intrigado, atónito en mi perplejidad de letras, arroyos de enunciados y voces silenciosas.
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