REGRESAR
SIGUIENTE
Existen leyendas que revelan y hacen emerger fantasías reales o irreales, inventadas, como dios puede ser una invención. Ni verdad ni mentira, fe o desasosiego. Hay una leyenda japonesa que dice que el rostro que posees, es el rostro de la persona amada de tu última vida pasada. A los doce años, como en un sueño, olisquee la flor de una mujer contiguo a mí en el paseo de la vida. Percibía las rosas. Al pasar del tiempo, he ido contemplando las mujeres de otras vidas que me han odiado o amado, que me recuerdan o se han olvidado, poco importa, aquí ya no somos ni nos correspondemos y ni siquiera nos tocamos el alma, son extrañas que me miran mal. Me tocó saberlo por incierto, fosforecen como en un sueño sin el ticket de comprobación que lo constate, sin evidencia fiel. Este rostro que veo en el espejo, es el de quien fue amado sin amar, un extraño cuya primera tragedia yace en el río de las tragedias primigenias, originales, mortuorias. Somos una mortaja anticipada evanescente. Asumo que estoy al final de esta tierra que fui. Recopilando rastros perdidos máscaras mortuorias. Si es así, no hace sino causarme dolor haber sido quien entre sueños fui.
Creer que fui y no que seré, que debate cósmico, cuanto harapo arrastro. Fui desaforada sin vergüenza. Seré silenciosamente escandalosa, me he traicionado para que no me vuelvan a matar, ¡cuánto error arrastra mi vida!
yo sé que las mujeres no son gratis, porque en mi otra vida fui una puta. placentera pero cobré. en esta vida no he tenido ni un centavo para sostener una relación seria con ninguna, porque no hay mujer sin moneda. se necesita, techo, morder y sudar… para gemir. la tierra es de quien la trabaja, y a mí no me gusta trabajar, ni nunca he robado cosa que no fuera pan. no voy a ser recordado, pero tampoco seré olvidado, es mi contrato celestial, viene en las letras diminutas casi ilegibles.
REGRESAR
SIGUIENTE