La roca del tiempo

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Colección de apuntes sobre arte IV

LA DISPERSIÓN, LA MUERTE, LA ETERNIDAD, LOS OJOS, LAS ESTRELLAS. EL DESEO.

Breves argucias para vivir muriendo.


Los ojos dispersos por la muerte en la eternidad de las estrellas y el deseo.
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El aparato sociocultural que estructura, articula y gestiona la culpa, la culpa sobre los otros, los que desobedecen o no se comportan dentro de las normas de usos y costumbres de determinada comunidad, es una maquinaria puesta en función del poder, aceitada, “limpia”, una maquinaria que ejerce exonerada, libre para actuar. En la religión, la institución espera que el pecador adquiera la consciencia de su falta, de su error, de su omisión, o del acto cometido contra la comunidad, que se ausculte fiscalice, arrepienta, que se condene y castigue. Ahí la culpa se ejerce con la ayuda primordial del dispositivo de la confesión para una plausible condena, para pagar por sus faltas, es la deuda con el dios creador regidor de cada existencia. Se debe de pagar, alguien debe pagar, se está obligado a someterse a ese refrendo, a ese sacrificio. El culpable se inmola frente a la cultura que ejerce el control moral y la autoridad del deber ser, en determinada estructura comunitaria donde se contrajeron los compromisos morales. El sacrificio se da de forma concéntrica en la que participan los miembros desde los más cercanos, con actos directos o palabras, frases contruidas, no oír a los otros, hasta los más lejanos que legitiman desde los símbolos que respaldan, avalan, y ejercen un poder, hasta las instituciones que certifican esa violencia legítima, validando la estructura y reagrupando el sentido existencial, conceptualizando la debida cobranza. Este tinglado transparente, este escenario teatral con su argumento, se traslada hasta en el plano de los derechos civiles, en el de la economía política, en cada rincón de cada casa, en cada familia, en cada repliegue humano donde haya un acuerdo y convención. En la cultura, el aparato de exclusión se expande al estado cuando al sujeto no le alcanza esa regulación, no adquiere conciencia de lo que hace o no interioriza los actos que le parecen banales en el orden cultural de los usos y costumbres de la comunidad, aquel que no se arrepiente, ni siente remordimiento alguno, aquel que se salta los acuerdos morales. La culpa siempre es de otro. Se ejerce y ejecuta sobre otro, el culpable siempre es otro. Todo régimen de índole espiritual o coercitivo en lo material hace uso de sus culpables para colocarse en el lugar de la autoridad necesaria, crea el conflicto, y la solución, crea su puesto, su potestad, su necesidad y función. Crea el sacrificio. Su teatro macabro, su inquisición espectral, su coartada benevolente. Es peculiar observar que en los lugares en que el protestantismo se dispersó, la articulación de la deuda mediante el dispositivo de la confesión dejó de operar como sistema de cobro para el creyente, la institución perdió poder, y esa fuga representa en efecto, sociedades cuyo control moral no se opera desde un aparato de conciencia y vigilancia constante del deber de los otros. La disciplina se individualizó, y autoreguló, dios se objetivó en el sujeto. El trabajo se independizó por vez primera de la gestión de un orden religioso capataz custodio del acto del individuo. El protestante trabaja en el orden del progreso y mejoras de la comunidad porque está convencido que son los medios para alcanzar los fines de la humanidad, la felicidad. La culpa quiere cobrar una deuda pendiente, tiene sus comprobantes y su odio al acecho. Algo se le debe, algo cree que se le debe. Una insulsa impulsa sórdida, proveniente de la miseria humana. Todos están en deuda con esa exigencia asesina, todos quieren ser el asesino, tomar ese puesto, antes de ser la presa. Todos enseñan los dientes.

¡Raus! ¡Raus!…. ¡Raus!!! ¡Raus!!!!

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