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Últimamente sueño que, si en algún momento tuve otra vida humana sobre la superficie de esta corteza terrestre, he sido, en ocasiones singulares, terrible. Con excesiva fuerza. Como una catástrofe. Según data mi sueño espectral, la antigua vida más vieja es la de un guerrero en mongolia o por esa región. Con personas que entrenan águilas para cazar. Cuatro mil y fracción antes de cristo. Perdido en un desierto de estrellas, maté un rey o príncipe hermoso. Yo personificaba el ánima de una lechuza, él un halcón, yo no era tan hermoso como él, ni tan exitoso en las empresas de la guerra y el poder, yo no era nada. Yo era la noche, él el día. Lo acordé al ocaso y no al amanecer, por lo sabido. Era la marea de un reino que invadía la región y ahora venían por nosotros. Los rechazamos, lo maté. En mi sueño los 37 segundos que dura la estocada maldita duraban horas, repasé el resto de mi vida esos 37 segundos. Me afligí. A caballo, con su lanza cada cual, lo ensartaba en medio del pecho. Le atravesé el corazón, era sanguinario. Es la última vez que vengo, la realidad se vengó de mí, he venido disminuido, sin mi malhado a plenitud. Le sacaba los ojos en la segunda estocada, derribado, era hermoso. Yo era cruel, amaba unas mujeres. Quedé quebrantado, por siempre, de haberlo matado.
El viento se agita y golpea mis ventanas, aúlla. Se oye un hondo penar.
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